Santas Justa y Rufina (VII)



Francisco de Goya y Lucientes, 1817. Sacristía de los Cálices de la Catedral de Sevilla
Óleo sobre lienzo

309 x 177 cm.

De todas las representaciones de la pareja de hermanas, destaca por méritos propios la que realizó Goya, con la Giralda y la catedral al fondo, mientras que las mártires tienen entre sus manos la palma y cerámicas. A sus pies yacen los restos despedazados del ídolo de la diosa Salambó. También se muestra a un león lamiendo los pies de Rufina, tal y como se dice que sucedió en el anfiteatro al que el prefecto de la Bética, Diogeniano, condenó a morir a la santa. 

Se dice que el pintor aragonés se inspira en Murillo para representar los rostros de las santas. Yo no lo veo nada claro, al menos, creo que no es evidente. Seguramente, lo que más llama la atención esta pintura sea la mezcla de los colores oscuros y vivos, lo que le da un cierto aire de inusual. 

Podemos ver, además, una versión previa de esta pintura, donde se reconoce perfectamente el estilo del aragonés:


Francisco de Goya y Lucientes, 1817. Museo del Prado (Madrid)
Óleo sobre tabla

45 x 29 cm.

Se dice que Goya no evita inspirarse en Murillo para representar los rostros de las santas. Lo que está claro es que representa la Giralda y la Catedral al fondo, mientras que las mártires tienen entre sus manos la palma y cerámicas. A sus pies yacen los restos despedazados del ídolo de la diosa Salambó y el león, lamiendo los pies de Rufina, como se cuenta que sucedió en el anfiteatro donde murió finalmente. Seguramente, lo que más llama la atención esta pintura sea la mezcla de los colores oscuros y vivos.

Otra de las obras que no pude ver en Sevilla (creo recordar que me dijeron que se estaba restaurando o algo así, la verdad es que no lo recuerdo bien) fue el único Goya propiedad del Museo de Bellas Artes, uno de sus últimos trabajos: Retrato del canónigo Don José Duaso Y Latre.

Francisco de Goya y Lucientes, 1824. Museo de Bellas Artes de Sevilla
Óleo sobre lienzo

74,5 x 59 cm.

Parece ser que este canónigo, vecino y amigo de Goya, escondió en su casa al pintor, que había abandonado la Quinta del Sordo perseguido por Fernando VII. Goya, en agradecimiento, le pintó este retrato.

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